| | | |

El ego: la historia que nos limita… y la puerta para liberarnos

No nos resultan ajenas prácticas como la meditación, la contemplación y otras disciplinas de esta naturaleza. Todas ellas son ampliamente recomendadas y practicadas para reencontrarnos con nosotros mismos, o con esa paz y seguridad que, muchas veces, ya habitan dentro de nosotros.

Es inevitable que, al investigar o estudiar estas disciplinas, casi todas (si no es que todas) nos guíen por un camino de autoconocimiento y responsabilidad hacia uno mismo y hacia los demás. Y es importante aclararlo desde ahora: responsabilidad y culpa no son lo mismo.

En la actualidad se habla con mucho desparpajo sobre el ego. Sin embargo, desde la psicología, el ego no es otra cosa que la historia de vida que nos contamos y que les contamos a los demás. Esta historia se construye a partir de un cúmulo de experiencias que, al final del día, nos dan una personalidad y un carácter para desenvolvernos en sociedad. Nuestro ego es, digámoslo así, ese piloto automático que todos llevamos dentro.
El hecho de que una persona sea impulsiva o actúe de manera arrebatada, casi sin pensar, son ejemplos claros de cómo opera el ego.

Cada vez que atravesamos una situación que nos deja una lección, esta se almacena como en una biblioteca: nuestra Red Neuronal por Defecto. Y es justo aquí donde comienza la magia.

Imagina que Ramiro, siendo niño y lleno de ilusión, decide acariciar a un perrito. Sin embargo, su primer contacto es con un chihuahua con problemas de comportamiento, que termina mordiéndolo. En ese momento, el cerebro de Ramiro graba la experiencia:
“Si me acerco a un perro, me va a morder y me va a lastimar. Es mejor no acercarme a los perros para no salir herido”.

Para que podamos existir de manera funcional, es fundamental que nuestra historia interna sea coherente; esto nos permite vivir de forma menos complicada. Sin embargo, cuando no tomamos conciencia de las historias que nos contamos, comenzamos a vivir con limitaciones que alcanzan incluso nuestros sueños y metas.

Siguiendo con el ejemplo de Ramiro, ese mensaje que quedó grabado en su mente lo limitará de una manera impresionante. Los alcances de este tipo de grilletes son indecibles: a Ramiro lo mordió un perrito malhumorado, pero se privará de conocer a miles de perros a lo largo de su vida.
No sabrá lo que es el amor de un cachorro orejón, ni comprenderá la disciplina y el compromiso que implica cuidar de alguien, ni experimentará el ser amado de manera incondicional. No vivirá juegos, aventuras, ni entenderá jamás la complicidad silenciosa entre un perro y su humano.

¿Te imaginas, por decisión propia, negarte cosas que en realidad deseas?

Utilicé el ejemplo de Ramiro y el perro, pero esto nos sucede constantemente y en todos los ámbitos: cuando dimos una opinión que no fue valorada, cuando invitamos a salir a alguien y terminó mal, cuando decidimos mostrar nuestros avances a alguien que simplemente no cree en nosotros.

Es en esos momentos dolorosos e incómodos donde comienza a formarse el ego. Y si no reflexionamos sobre ello, nos convertimos en ese Ramiro que se niega al amor de un perro, a la complicidad de una pareja, o a ir por el puesto o el trabajo de sus sueños. Se nos olvida que, así como existen chihuahuas malhumorados, también existen perritos callejeros amarillos, protectores y agradecidos, cuya sola presencia hace que cualquiera piense dos veces antes de acercarse con malas intenciones.

También olvidamos que hay personas que disfrutan profundamente de nuestra compañía y conversación; ambientes laborales increíbles donde la confianza, el apoyo y el respeto terminan inspirándonos de formas que jamás habríamos imaginado.

Mediante prácticas como la meditación podemos hacer frente a nuestro ego y reprogramarlo. Nunca, jamás, debemos estar en contra de él, porque el ego somos nosotros. Gracias a él (para bien o para mal) estamos aquí hoy. Sin embargo, cuando aprendemos a observarlo y regularlo, comenzamos a liberarnos de las cadenas mentales que nos limitan.

Meditar es, al cien por ciento, una práctica biológica. Su objetivo es apagar momentáneamente ese piloto automático para comprenderlo y editarlo antes de volver a encenderlo.

Biológicamente, esto es lo que ocurre durante la meditación:

Para meditar es vital que nuestro cerebro esté más receptivo, lo cual se logra mediante procesos biológicos como la respiración controlada. Al regular la respiración, disminuye la velocidad del sistema nervioso y se activa el nervio vago, encargado de los estados de descanso y seguridad.
Posteriormente, se estimula la glándula pineal, responsable de la producción de melatonina, la hormona que regula el sueño y favorece la relajación.
Finalmente, el cerebro entra en un estado theta, un estado de relajación profunda pero consciente, en el que surgen nuevas ideas y las antiguas se debilitan temporalmente. Por eso, justo antes de quedarnos dormidos, suelen aparecer ideas brillantes que rozan la genialidad.

¿Y por qué es tan importante alcanzar este estado?

Si el ego es la historia que nos contamos y que se formó a partir de experiencias vividas, en el estado theta podemos reescribirla. Imagina una casa de dos pisos: en el piso inferior vive nuestro ego, construido con experiencias pasadas; en el piso superior habita todo aquello que deseamos ser o vivir. Entre ambos pisos hay una puerta que casi siempre permanece cerrada.
En el estado theta, esa puerta puede abrirse, permitiéndonos llevar al primer piso experiencias elegidas de forma consciente y voluntaria.

De esta manera, el ego deja de construirse únicamente a partir del pasado y comienza a integrar anhelos, sueños, metas y deseos. Empezamos a ver la vida con otros lentes.

Tal vez Ramiro quiera dejar de tener miedo a los perros o volverse más extrovertido. A través de estos procesos, le es posible crear experiencias liberadoras que transformen miedos e inseguridades. No ocurre de la noche a la mañana, pero los resultados son reales.

Una mente liberada nos convierte en seres extraordinarios. Existen maestros de la meditación capaces de soportar condiciones extremas sin mostrar daño alguno, como Wim Hof o monjes tibetanos que meditan en la nieve con mínima protección, demostrando el poder de la mente sobre el cuerpo.

Es entonces cuando comprendes que los “superpoderes” sí existen y están dentro de cada uno de nosotros. Nuestra mente es lo más poderoso que tenemos; está en nosotros decidir si será nuestra aliada para una vida plena, o ese conocido odioso al que nada le parece, todo le asusta y todo lo rechaza, pero que aun así se queja de lo limitada que es su experiencia de vida.

Y ahora dime tú:
¿de qué maneras trabajas con tu ego?

Similar Posts

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *