Las mismas personas, infinitas versiones
En este jueves me gustaría compartirte un sueño propio.
Para describirte un poco el sentimiento: fue un déjà vu. No uno común, sino uno expandido. Era como si, al mismo tiempo, estuviera viviendo distintas realidades o situaciones. La cantidad de información procesada era abrumadora, precisamente porque no era solo Genaro interactuando —por ejemplo— en un café. Era Genaro interactuando con diferentes personas, en distintos escenarios, de manera simultánea.
Cada versión era consciente de lo que hacían las demás. No era un solo minuto de experiencia vivida, sino el minuto de todas las experiencias posibles de Genaro, ocurriendo a la vez. Todo —insisto— de manera plenamente consciente, como si la mente pudiera sostener múltiples universos sin colapsar.
Conforme transcurría el tiempo y las experiencias se acumulaban, comencé a notar similitudes entre estas realidades o multiversos. Siempre aparecían las mismas personas. Lo único que cambiaba era la relación, el nivel de influencia, el tiempo de contacto, las enseñanzas.
Por ejemplo: en esta realidad mi mamá es Ruth. Pero al mismo tiempo, en otra, ella era mi amiga; en otra, mi jefa; en otra, una vecina; una clienta a la que solo vería una vez en la vida; una maestra; una hermana; una compañera de salón. La esencia era la misma, pero el vínculo mutaba.
Tener este conocimiento casi divino sobre lo que hacía Genaro en todas las realidades me llevaba a reflexionar constantemente —y aún ahora, mientras te lo comparto— que nuestras personas de vida, de alguna manera, estaban destinadas a nosotros… y nosotros a ellas. Que en cada encuentro quedaba una lección, una huella, una influencia. Y que, al final del día, eso es exactamente lo que nos convierte en quienes somos.
Porque si lo piensas, nuestras personalidades están formadas por esas interacciones con otros —incluso al leerlas. Somos ese hábito o esa habilidad que cultivamos porque la admiramos en alguien más. Somos también la decisión consciente de no ser como aquella persona que nos hizo pasar por un mal momento.
Somos lo que nos enseñaron con amor.
Con disciplina.
Somos nuestros amigos y nuestra familia.
Somos la música que escuchamos para relajarnos o concentrarnos.
Somos todos, al mismo tiempo.
Y, de alguna manera, nuestras personas siempre nos enseñarán algo, sin importar la realidad en la que aparezcan.
Fue un sueño que no solo se sintió revelador, sino profundamente familiar. Quien me conoce sabe que comulgo con la idea de que estamos, en cierta forma, predestinados a conocer a las personas importantes de nuestra vida. No por casualidad, sino por las lecciones que vendrán a entregarnos. En su momento, en su realidad, nos permitirán trabajar en nosotros… o simplemente nos influirán para siempre.
¿Tú has soñado algo parecido?
¿Qué opinas sobre los encuentros predestinados?