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El jardín que escondía soles

Retomando nuestro diario de sueños, hoy me gustaría compartirles el sueño de otra amiga. Ella me contó que lo tuvo muchísimas veces durante su infancia. También tiene una hermana menor, quien aparece constantemente en este sueño.

En él, ambas se veían pequeñas, de unos diez u once años, jugando dentro de un jardín muy bien cuidado, lleno de flores y árboles perfectamente podados, cuyo follaje tenía formas geométricas como cubos, cilindros y esferas. Mientras jugaban en este hermoso jardín, una de ellas se percataba de una abertura en la malla ciclónica que delimitaba el terreno de los predios vecinos. Al otro lado, podían ver que la parcela estaba completamente cubierta de girasoles gigantes, todos abiertos y luminosos.

Sabiéndose pequeñas, lograban pasar a través de la abertura hacia ese inmenso y hermoso campo de girasoles. Ella recuerda que la sensación era de aventura, porque después de avanzar algunos metros, los altos tallos y las hojas lograban ocultar por completo la casa de su familia. Además, había zonas difíciles de atravesar, ya que por su estatura quedaban a la altura de las hojas y chocaban constantemente con ellas si no tenían cuidado.

La hermana mayor, mi amiga, relata que sentía una emoción intensa por la aventura, pero al mismo tiempo nerviosismo por haberse salido de casa sin permiso y llevando consigo a su hermanita. El objetivo de ambas era llegar al final del campo de girasoles, algo que, visto desde la perspectiva de un adulto, no representaría mayor esfuerzo ni misterio. Sin embargo, para niñas de esa edad, y considerando que habían salido a escondidas, el trayecto se volvía largo y desafiante, pues priorizaban ser sigilosas antes que veloces.

Después de caminar lo que para ellas, a sus diez u once años, había sido un larguísimo trecho, llegaron a lo que parecía un claro rodeado de parcelas de girasoles gigantes, abiertos y hermosos. En medio del claro vieron lo que hoy mi amiga describe como la casa de sus sueños: una pequeña cabaña blanca, inundada de luz que entraba por sus ventanas con marcos de madera y cortinitas blancas y rojas. La casa parecía una casa de muñecas, ya que, aunque era preciosa, un adulto de más de un metro y medio no podría entrar en ella con comodidad. La escena le recuerda mucho a cuando Gandalf llega a la casa de Bilbo Bolsón en El Hobbit, pues tanto la casa como su distribución eran perfectas para alguien pequeño.

Las niñas continuaban explorando la diminuta casita. Aunque todo su interior era curioso y encantador, lo más increíble era la vista desde las ventanas, ya que los girasoles parecían soles que dirigían todas sus flores hacia la casa.

Se quedaban un rato más jugando a la casita, hasta que notaban que la luz que entraba por las ventanas comenzaba a cambiar de color. La iluminación se tornaba entre rosa y naranja, señal de que el día estaba terminando. Entonces, la hermana mayor tomaba de la mano a la pequeña, salían de la casita y la cerraban, con la intención de regresar al día siguiente.

En el camino de regreso, ella sentía aún más nerviosismo, pues su hermanita ya estaba adormilada y sus pasos se volvían más lentos. El trayecto de vuelta le parecía todavía más largo. Recuerda con claridad el sonido de las cigarras y el olor de la hierba. Continuaron caminando hasta que, entre los tallos de los girasoles, lograron ver la casa familiar iluminada y alcanzaron a escuchar a su mamá llamándolas para entrar.

Ella relata que sintió una gran paz al ver su casa. Cuando levantaba un poco la malla para que su hermana pudiera pasar, justo cuando la pequeña ya tenía medio cuerpo dentro, vio cómo la puerta de la cocina se abría de golpe y su madre salía, molesta por haberlas descubierto. El sueño termina justo antes de que la mamá iniciara cualquier regaño, después de ver su expresión sorprendida y enojada.

Ahora, ella me cuenta entre risas que el final de ese sueño le generaba mucha ansiedad. La figura de la madre sí lograba asustarla, aunque nunca llegaba a regañarlas. Dice que era como la sensación de un tropiezo o de vértigo, un desequilibrio que no te tira al suelo, pero que te deja el susto y la sensación en el cuerpo.

Les comparto hoy esta travesura onírica de mi amiga y su hermanita. Ahora cuéntame tú: ¿recuerdas sueños de tu infancia en los que hacías travesuras? ¿Cómo eran? ¿Quiénes aparecían en ellos? ¿Alguna vez te descubrían, como a mi amiga?

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