La libertad empieza al descalzarme
El día de hoy te contaré sobre una extraña —aunque muy querida— afición mía: andar descalzo. Soy una persona que disfruta sentir por dónde camina, ya sea losa, pasto, asfalto, tierra o arena. Es algo que me relaja profundamente, tanto que se ha vuelto tan natural para mí que, si la oportunidad se presenta, casi automáticamente me descalzo. Es una sensación de familiaridad con mi entorno tan grande que, cuando lo hago, siento como si hubiera llegado a casa después de un día pesado de trabajo: me quito los zapatos… y simplemente me relajo. Es una sensación muy parecida.
Fiel a mi curiosidad, me puse a investigar por qué esta relajación y plenitud aparecen en cuanto me descalzo. De todo lo que encontré, lo que más me resonó es que lo natural nos hace bien. Y tiene sentido. Cualquier zapato, además de cumplir una función protectora o estética, termina aprisionando los pies, moldeándolos a su forma. Con el tiempo eso afecta nuestra postura: piernas, espalda y cuello lo resienten. Pero cuando estamos en contacto directo con el suelo, eso desaparece de inmediato. Los huesos “recuerdan” su manera natural de sostenerse, y esa conexión nos regala desde relajación hasta un mayor equilibrio.
Además, está comprobado que cuando los seres humanos entramos en contacto con la naturaleza, nuestros niveles de ansiedad y cortisol disminuyen notablemente. Algo muy similar ocurre con el grounding.
Quienes me conocen lo suficiente saben que es muy probable encontrarme descalzo en un parque, haciendo journaling o disfrutando de un pequeño paseo mientras mis pies descubren nuevas texturas en el camino.
