12 horas dibujando… y una recompensa china
En un rinconcito del Centro Histórico de la Ciudad de México, escondido entre calles que ya de por sí parecen museo, está ArTTæFáCTO.
Un espacio raro, hermoso, con uno de los cafés más ricos de la ciudad y, como si eso fuera poco, eventos de arte que parecen sacados de otra dimensión.
La última vez que fui, me lancé a un maratón de 12 horas de dibujo continuo. Sí, doce horas. Doce. Una jornada que sonaba a locura pero terminó siendo un reto fabuloso: modelos para nuestros bocetos, maestros increíbles, papel y lapices como si no hubiera un mañana, y una vibra bohemia que honestamente es difícil replicar en cualquier otro rincón.
Entre trazos, manchas de grafito en los dedos y la mirada fija tratando de capturar un gesto, pasaron las horas como si fueran minutos. Tomé algunas fotos de mis trabajos (que aquí les comparto) y puedo decirles que, más allá del resultado, la experiencia fue brutal.
Lo que nadie te dice es que después de 12 horas de estrujar mente, manos y dedos… sales con un hambre del tamaño de la Torre Latino. Y ahí entra mi ciudad al rescate. Porque si algo tiene la CDMX es esa magia de que siempre, siempre, hay algo que comer.
Y en esta ocasión la coincidencia (o el destino, o el algoritmo de la vida) me puso justo frente a ArTTæFáCTO un buffet de comida china. Sí, buffet. Sí, infinito. Sí, gloria.
Después de un día de estrujamiento de sesos, un golpe calórico oriental fue más que un premio: fue bendición.
Así que salí con las manos manchadas de grafito, la panza llena de chow mein y el corazón con esa satisfacción rara que solo dan los días en que uno mezcla arte, ciudad y casualidades.




